
En 2022, 878 millones de adultos padecían obesidad, lo que supone cuadruplicar la cifra de 194 millones de personas que padecían esta enfermedad en 1990. Si se mantienen las tendencias actuales de crecimiento, se prevé que, para 2050, casi dos de cada tres adultos de 25 años o más podrían padecer sobrepeso u obesidad.
Se estima que los costes para la economía mundial derivados de las necesidades sanitarias relacionadas con la obesidad, las pérdidas de productividad y las muertes ascienden al 2,2 % del Producto Interior Bruto (PIB) mundial (algo menos de 2 billones de dólares estadounidenses al año) y podrían alcanzar el 3 % anual para 2060. Los países de renta baja y media (PRBM) y sus sistemas sanitarios serán los más afectados por estas consecuencias, aunque casi todos los países se verán afectados.
En términos de salud, un índice de masa corporal (IMC) elevado provoca 3,7 millones de muertes al año y es uno de los principales factores que contribuyen a las muertes por ECV. Por ejemplo, las muertes anuales a nivel mundial por ECV atribuibles a un IMC elevado se han más que duplicado hasta alcanzar los 1,9 millones en tres décadas, y el IMC elevado representa ahora casi una de cada diez muertes por ECV. Esa proporción está aumentando en todas las regiones del mundo, salvo en dos. La prevalencia de la obesidad y el número de muertes por ECV atribuidas a esta enfermedad varían según el país, la región, la edad y el sexo.
Para los esfuerzos destinados a combatir la obesidad y las ECV es fundamental adoptar un enfoque holístico en las intervenciones clínicas y de salud pública que tenga en cuenta los innumerables factores determinantes de la obesidad. El papel de estos factores complejos e interrelacionados pone de relieve que la obesidad dista mucho de ser una elección individual. Entre los factores determinantes se incluyen los ambientales (acceso al ejercicio y a los espacios verdes), los biológicos (predisposición genética a la obesidad), la situación socioeconómica (ingresos, educación y ocupación) y los comerciales (políticas y normativas que regulan la comercialización de los alimentos y su asequibilidad), entre otros.
En los últimos años se han dado pasos positivos, con la puesta en marcha de varias iniciativas a nivel mundial, nacional y local que se muestran prometedoras a la hora de abordar la obesidad y las enfermedades cardiovasculares, además de la aparición de intervenciones médicas que podrían suponer un punto de inflexión, como los agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 (GLP-1RA).
La Federación Mundial del Corazón (WHF) —que agrupa a más de 200 fundaciones cardiológicas, sociedades científicas y organizaciones de pacientes de más de 100 países— se ha comprometido a colaborar con todas las partes interesadas para reducir de forma urgente la obesidad y las enfermedades cardiovasculares. Con el fin de respaldar estos esfuerzos, el presente informe ofrece las siguientes recomendaciones clave:
1
Los países deberían aplicar medidas de salud pública basadas en la evidencia y rentables para hacer frente a la obesidad y las enfermedades cardiovasculares, apoyándose en marcos y herramientas globales. Asimismo, deberían dar prioridad a políticas integrales, coordinadas y centradas en la equidad, guiadas por datos nacionales sobre cómo varían los factores determinantes entre los distintos grupos de población. Entre las acciones prioritarias se incluyen planes de acción nacionales contra la obesidad con objetivos definidos, políticas multisectoriales que aborden el amplio abanico de factores determinantes de la obesidad y garantizar una mayor integración de la prevención y el tratamiento de la obesidad en los servicios de atención primaria.
2
Las campañas y políticas de salud pública deben contrarrestar la estigmatización de la obesidad mediante el uso de un lenguaje que anteponga a la persona, reconociendo que el estigma supone un obstáculo para hacer frente a la obesidad y a las enfermedades cardiovasculares, y deben contar también con la participación de las personas que padecen obesidad y enfermedades cardiovasculares.
1
Las guías cardiovasculares deberían incorporar recomendaciones específicas sobre la obesidad para garantizar que el tratamiento de las enfermedades cardiovasculares se adapte adecuadamente a las personas que padecen obesidad. Esto implica dotar a los profesionales sanitarios de los conocimientos, las orientaciones y las herramientas necesarias para prevenir, controlar y tratar la obesidad de forma óptima.
2
Las iniciativas de formación de los profesionales sanitarios y de fortalecimiento del sistema sanitario en materia de obesidad y enfermedades cardiovasculares deberían centrarse en promover una atención integrada y centrada en la persona y, siempre que sea posible, tener en cuenta las desigualdades en cuanto al riesgo de obesidad, su prevalencia y el acceso a la atención sanitaria.
3
Los gobiernos deberían redoblar sus esfuerzos para ampliar la disponibilidad y la asequibilidad de los medicamentos contra la obesidad, como los agonistas del receptor del GLP-1 (GLP-1RA). Los gobiernos deberían redoblar sus esfuerzos para aumentar la sensibilización de la población, así como la disponibilidad y la accesibilidad de programas especializados de modificación del estilo de vida, como los programas de nutrición, actividad física, pérdida de peso y rehabilitación cardíaca.

Además de ofrecer una visión general y un análisis exhaustivos de los últimos datos disponibles, este informe tiene como objetivo proporcionar a los defensores de esta causa, a los responsables políticos y a los profesionales clínicos la información que necesitan para diseñar intervenciones que contribuyan a reducir con carácter urgente la carga de la obesidad y las enfermedades cardiovasculares.
El informe utiliza las fuentes de datos exhaustivas más recientes disponibles, desglosadas por país, edad ysexo²⁵ ( véase el apéndice en línea).

La OMS define la obesidad en adultos (de 18 años o más) como un IMC de 30 kg/m² o más, y el sobrepeso como un IMC de entre 25 y 29,9 kg/m². En los niños menores de 5 años, el sobrepeso y la obesidad se definen, respectivamente, como un peso para la estatura >2 y >3 desviaciones estándar por encima de la mediana de las Normas de Crecimiento Infantil de la OMS, mientras que en los niños de 5 a 19 años, el sobrepeso y la obesidad se definen, respectivamente, como un IMC para la edad >1 y >2 desviaciones estándar por encima dela mediana de las Referencias de Crecimiento de la OMS⁶.
Aunque existen limitaciones asociadas al uso del IMC como herramienta de diagnóstico de la obesidad y el sobrepeso en la práctica clínica (véase la sección sobre las limitaciones del uso del IMC para definir y diagnosticar la obesidad), sigue siendo uno de los indicadores más útiles, sencillos y accesibles para la vigilancia de la enfermedad, los estudios de investigación y la estimación de la obesidad a nivel poblacional. Por consiguiente, los datos de este informe se basan en el IMC como medida de la obesidad.
Entre ellos se incluyen la aparición de factores de riesgo, como la resistencia a la insulina, la disfunción del tejido adiposo y la dislipidemia, que contribuyen a la agravación de las complicaciones cardiovasculares, como la cardiopatía coronaria, la insuficiencia cardíaca, el infarto de miocardio y los tromboembolismos.
En las últimas tres décadas, las tasas de obesidad infantil han aumentado drásticamente en todo el mundo. La prevalencia de la obesidad, ajustada por edad, en niños y adolescentes en edad escolar (de 5 a 19 años) aumentó del 1,7 % en 1990 al 6,9 % en 2022 en el caso de las niñas, y del 2,1 % al 9,3 % en el de los niños. A nivel mundial, el número de niñas y niños con obesidad en 2022 fue de 65,1 millones y 94,2 millones, respectivamente.
La obesidad infantil aumenta significativamente el riesgo cardiovascular, especialmente en lo que respecta a la enfermedad cardiovascular aterosclerótica y a la acumulación de factores de riesgo metabólicos. Estos factores suelen incluir, como mínimo, el doble de probabilidades de padecer hipertensión arterial, perfiles lipídicos anormales y diabetes tipo 2, lo que establece un perfil de riesgo cardiovascular desfavorable mucho antesde la edad adulta¹⁶.
A corto plazo, los niños con sobrepeso u obesidad presentan más factores de riesgo metabólicos y cardiovasculares, como hipertensiónarterial¹²,dislipidemia¹³,diabetes tipo 2¹⁴ y otras anomalías delsistema cardiovascular¹⁵. A largo plazo, si no se aborda la obesidad o el sobrepeso durante la infancia, los factores de riesgo metabólicos y cardiovasculares a corto plazo aumentan significativamente el riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares (ECV) en etapas posteriores de la vida. Por ejemplo, los niños con un IMC elevado tienen un 40 % más de probabilidades que aquellos con un IMC bajo de padecer ECV enla mediana edad¹⁷. Los niños que presentan una combinación de factores de riesgo, como el tabaquismo, un IMC elevado, hipertensión arterial y niveles elevados de lípidos en sangre, tienen un riesgo entre dos y nueve veces mayor de sufrir un infarto de miocardio o un ictus enla mediana edad¹⁷.
La aparición de la obesidad, especialmente a edades tempranas, tiene un profundo efecto negativo sobre la esperanza de vida y puede reducirla hasta en la mitad de laesperanza de vida media¹⁸. Las intervenciones, incluidos los programas estructurados de alimentación y actividad física, muestran una reducción de los factores de riesgo cardiometabólicos, con posibles beneficios a largo plazo sise mantienen¹⁹.
IDEAS ERRÓNEAS N.º 1:
LA OBESIDAD SE DEBE A UN DESEQUILIBRIO ENTRE LA INGESTA Y EL GASTO CALÓRICO
El discurso sobre la obesidad se ha centrado durante mucho tiempo en la ecuación excesivamente simplificada de «calorías consumidas - calorías quemadas = peso corporal». Sin embargo, la realidad es más compleja. La energía consumida viene determinada tanto por la cantidad de alimentos como por la cantidad de energía derivada de los mismos que absorbe el tracto gastrointestinal. Esta absorción depende de varios factores, entre los que se incluyen las enzimas digestivas, las hormonas intestinales, la microbiota y las señales neuronales, todos ellos fuera del control del individuo. Del mismo modo, la energía gastada no solo depende de la actividad física, sino también de la tasa metabólica de cada persona, que representaentre el 60 % y el 80 %delgasto energético diario total⁶⁵.
IDEAS ERRÓNEAS N.º 2:
LA OBESIDAD ES UNA ELECCIÓN DE ESTILO DE VIDA
Las personas con obesidad suelen enfrentarse a acusaciones de que su enfermedad es una elección personal, o de que el aumento de peso se debe a un estilo de vida sedentario y a comer en exceso. La realidad es más matizada. Existen pruebas sólidas que relacionan la obesidad, en la mayoría de los casos, con determinantes sociales, biológicos, ambientales y comerciales, entre otros (véase la sección sobre «Determinantes de la obesidad y las enfermedades cardiovasculares»).
IDEAS ERRÓNEAS N.º 3:
LA OBESIDAD NO ES UNA ENFERMEDAD
La definición de una enfermedad requiere pruebas empíricas y objetivas, tanto médicas como biológicas. Muchas personas que padecen obesidad cumplen estos criterios, entre los que se incluyen síntomas o signos específicos (por ejemplo, aumento de la adiposidad), disminución de la calidad de vida, mayor riesgo de complicaciones asociadas o una fisiopatología bien caracterizada (por ejemplo, inflamación, disfunción endotelial, resistencia a la insulina, alteraciones en las hormonas que regulan la saciedad o el hambre).
La OMS y la WHF (a través de la Declaración de Nagoya de 2015), así como muchos otros organismos internacionales y nacionales de referencia, definen la obesidad como una enfermedad oun proceso patológico68,32.

En comparación con 1990, la prevalencia de la obesidadestandarizada por edad² se duplicó con creces en el caso de las mujeres (del 8,8 % al 18,5 %) y casi se triplicó en el de los hombres (del 4,8 % al 14 %), mientras que el número total de adultos con obesidad se multiplicó por más de cuatro, pasando de 194 millones a 878 millones.
Si las tendencias actuales de crecimiento continúan, se prevé que la prevalencia de la obesidad entre los adultos mayores de 20 años aumente hasta el 17 % en los hombres y el 22 % en las mujeres para2030³. Existe la preocupación de que, para2050⁴, casi dos de cada tres adultos mayores de 25 años puedan verse afectados por el sobrepeso o la obesidad.
It was also high in many other Pacific and Caribbean Island nations, such as the Bahamas and Saint Kitts and Nevis (around 38% for men and around 55% for women) and countries in the Middle East and North Africa region, such as Qatar and Kuwait (39–41% for men) and Egypt and Qatar (53–59% for women). Obesity prevalence was lowest among women in Vietnam, Timor-Leste, and Japan (2–4%) and among men in Ethiopia, Timor-Leste and Rwanda (1–2%). Prevalence was also low (<5%) in other Asian and East African countries.
Obesity increased in nearly every country from 1990 to 2022, with the largest increases observed in the Bahamas for women (from 22.8% to 55.8%) and Romania for men (from 6.7% to 38.3%). Over this period, a decrease in obesity prevalence was only seen among women in Spain (by 4.6 percentage points), France, Moldova and Lithuania (all by 1–2 percentage points).
En 2019, se estimó que el impacto económico mundial de la obesidad equivalía al 2,2 % del Producto Interior Bruto (PIB) mundial, es decir, algo menos de 2 billones de dólares estadounidensesal año⁶⁹. Esta cifra incluye los costes asociados a las necesidades sanitarias relacionadas con la obesidad, las pérdidas de productividad y la reducción del capital humano derivada de las muertes prematuras.
Si continúan las tendencias actuales en los niveles de obesidad, los analistas prevén que el impacto económico aumentará hasta superar el 3 % del PIB anual a nivel mundial para 2060. Esto se traduciría en un 2 % del PIB en la Región Africana de la OMS, más del 4 % en la Región de las Américas de la OMS y más del 5 % en la Región del Mediterráneo Oriental de la OMS. Los mayores aumentos en el impacto económico de la obesidad se concentrarán en los países de ingresos bajos y medios, con importantes repercusiones para los sistemas de salud. Además, se prevé que el impacto se triplique en los países de ingresos altos y se multiplique por veintitrés en los países de ingresos medios-altos.
Si se adoptan medidas coordinadas y basadas en la evidencia que permitan reducir la prevalencia de la obesidad y el sobrepeso a los niveles de 2019, ello se traducirá en un ahorro de 2,2 billones de dólares estadounidenses en costes cada año entre 2020 y 2060 a nivel mundial.

A nivel mundial, la tasa de mortalidad por ECV estandarizada por edad atribuible a un IMC elevado fue de 22,8 muertes por cada 100 000 personas en 2021, ligeramente inferior a la de 1990 debido al descenso de la mortalidad general por ECV.
A nivel regional, la tasa de mortalidad por ECV estandarizada por edad atribuible a un IMC elevado es actualmente más alta en los países de ingresos medios y más baja en los países de ingresos altos (véase la tabla 1 del apéndice en línea). La tasa de mortalidad por ECV estandarizada por edad atribuible a un IMC elevado osciló entre 14,4 muertes por cada 100 000 habitantes en las regiones de ingresos altos y 67,5 muertes por cada 100 000 habitantes en el norte de África y Oriente Medio. En 2021, se estimó que, a nivel mundial, hubo 300 000 más muertes por ECV atribuibles a un IMC elevado entre las mujeres que entre los hombres.
Un IMC elevado es el octavo factor de riesgo más importante de mortalidad por ECV a nivel mundial (Tabla 1). Desde 1990, su posición en la clasificación de riesgos ha aumentado en comparación con otros factores de riesgo de mortalidad por ECV: en 2021, el IMC elevado ocupaba una posición más alta que en 1990 en todas las regiones excepto en dos (Asia Meridional y Asia Sudoriental, Asia Oriental y Oceanía), donde la clasificación se mantuvo igual.
A nivel nacional, un IMC elevado es el tercer factor de riesgo más importante de mortalidad por enfermedades cardiovasculares en 14 países, entre ellos las Islas Cook, Gabón y Dominica, mientras que ocupa el cuarto lugar en otros 44 países.

Las personas con sobrepeso u obesidad se enfrentan habitualmente al estigma social, que se refiere a «la desvalorización y el menosprecio social de una persona debido a su exceso de peso corporal, lo que da lugar a actitudes negativas, estereotipos, prejuicios y discriminación».
Las personas que padecen obesidad pueden ser percibidas como perezosas, glotonas y carentes de autodisciplina, y la estigmatización se manifiesta a través de un lenguaje ofensivo o representaciones negativas en la cultura popular y/olos medios de comunicación³². Esto puede tener consecuencias psicológicas y físicas duraderas paralas víctimas³¹. Los niños y los jóvenes son especialmente vulnerables al acoso y la discriminación por su peso, y la obesidad es actualmente la principal causa de este tipo de acoso en los colegios, lo que afecta a la educación de los niños y a susalud mental³⁶⁻³⁹.
En el ámbito sanitario, diversos estudios han revelado que algunos profesionales de la salud tienen prejuicios negativos sobre la obesidad y dedican menos tiempo a estos pacientes, al considerarlos poco cumplidores delas recomendaciones sanitarias³⁴,³⁵. Esto puede disuadir a las personas con obesidad de buscar atención médica, incluidas la prevención y las pruebas de detección, y, por lo tanto, comprometer su atención sanitaria en general.
El estigma y la discriminación por el peso, arraigados desde hace tiempo, han obstaculizado los esfuerzos para combatir la obesidad y, por lo tanto, han contribuido al aumento de las enfermedades cardiovasculares. Por lo tanto, es urgente abordar el estigma basado en el peso y fomentar una sociedad inclusiva que garantice la equidad en la protección, la salud, los derechos y la dignidad de las personas, independientemente de su tamaño corporal.
A nivel mundial, la prevalencia de la obesidad estandarizada por edad en 2022 fue 4,5 puntos porcentuales mayor en las mujeres que en los hombres, una cifra que se ha mantenido prácticamente estable desde 1990. A nivel regional, la disparidad en la obesidad entre mujeres y hombres fue mayor en Asia Central, Oriente Medio y el norte de África, donde el 40 % de las mujeres padecen obesidad, frente al 25 % de los hombres. La prevalencia de la obesidad también fue mayor en las mujeres que en los hombres en Asia Meridional, el sudeste asiático, América Latina y el Caribe, Oceanía y África subsahariana. En Europa Central y Oriental, la región occidental de altos ingresos y Asia Oriental y el Pacífico, la prevalencia de la obesidad fue similar entre mujeres y hombres.
En 2022, las mujeres presentaban una mayor prevalencia de obesidad que los hombres en más de tres cuartas partes de los países del mundo (Figura 4), con una diferencia superior a 30 puntos porcentuales en Sudáfrica, Jamaica, San Vicente y las Granadinas. Entre 1990 y 2022, la brecha entre mujeres y hombres en cuanto a la obesidad se amplió en la mayoría de los países de África subsahariana, América Latina y el Caribe, el sudeste asiático, así como en algunos países de Asia Central, Oriente Medio y el norte de África. Por el contrario, la brecha entre mujeres y hombres en cuanto a la obesidad se redujo en todos los países de Europa Central y Oriental, Asia Oriental, el Pacífico y la mayoría de los países occidentales de altos ingresos. Los hombres presentan una mayor prevalencia de obesidad en 39 países de todo el mundo.
Los factores socioculturales, económicos y biológicos contribuyen a las diferencias de género en la obesidad.
La asociación entre la obesidad y las enfermedades cardiovasculares difiere entre hombres y mujeres. Por ejemplo, una mayor circunferencia de la cintura y una mayor relación cintura-cadera se asocian a un mayor riesgo de infarto de miocardio en las mujeres que enlos hombres²⁶ y, de manera similar, un IMC más elevado se asocia a un mayor riesgo de diabetes tipo 2 en las mujeres que enlos hombres²⁷.

Si bien existen algunas similitudes entre países y regiones en cuanto a la relación entre las variables de nivel socioeconómico y la obesidad, también hay diferencias fundamentales. Por ejemplo, en los países de renta alta, la prevalencia de la obesidad es mayor entre las personas con niveles de educación más bajos, mientras que en los países de renta media y baja, la prevalencia de la obesidad es mayor entre las personas con niveles de educación más altos (Figura 5).

El término «entorno obesogénico» se utiliza a menudo para referirse al papel que desempeñan los factores físicos, culturales, sociales y económicos que favorecen el desarrollo de la obesidad.
Incluye factores estructurales que facilitan la disponibilidad y el acceso a una movilidad física segura y sencilla, como las infraestructuras para caminar, correr o ir en bicicleta, así como el acceso y la disponibilidad de alimentos locales, sostenibles y seguros a precios asequibles en la zona.
En los últimos años han surgido nuevos conceptos relacionados con el entorno alimentario de las personas, como los «desiertos alimentarios», en los que la población, especialmente en entornos urbanos densamente poblados, tiene un acceso limitado a alimentos saludables y asequibles. Los problemas relacionados con el entorno alimentario son especialmente graves en los países de ingresos bajos y medios, donde la persistencia de diferentes formas de desnutrición, acompañada del aumento de los factores de riesgo de enfermedades no transmisibles (ENT) relacionados con la alimentación —como el sobrepeso y la obesidad—, ha dado lugar a la «doble carga de la malnutrición».
El creciente número de puestos de trabajo que requieren pasar más tiempo sentado frente a un escritorio que realizando actividad física también contribuye al desarrollo de la obesidad.

Los factores de riesgo sociopsicológicos, como el estrés, se encuentran entre los determinantes de la obesidad, junto con varios determinantes sociales —entre ellos, las dificultades económicas, los conflictos personales, la baja autoestima y la aceptación por parte de los compañeros o los grupos sociales— que influyen en el desarrollo del estrés crónico en las personas conobesidad⁵¹,⁵².
Las intervenciones estructuradas sobre el comportamiento y el estilo de vida —especialmente aquellas relacionadas con la actividad física y la alimentación— pueden mejorar tanto la salud física como la psicológica en niños y adultos, incluso si la pérdida de peso es mínima. Las consideraciones relativas a la salud mental deben integrarse en los mensajes sobre la pérdida de peso y en los programas de intervención para abordar el impacto de la obesidad en toda su amplitud.

Aunque en muchos países de ingresos bajos y medios (PIBM) el IMC medio estandarizado por edad de los residentes urbanos sigue siendo superior al de sus homólogos rurales, durante las últimas cuatro décadas el aumento más rápido registrado en las zonas rurales ha dado lugar a una convergencia del IMC entre el medio rural y el urbano. Por ejemplo, en 1985 los residentes urbanos del sur de Asia tenían un IMC medio más elevado que el de sus homólogos rurales (en 3,2 y 3,0kg/m² para las mujeres y los hombres, respectivamente), pero en 2017 la diferencia de IMC entre zonas urbanas y rurales se había reducido a 1,9 y 1,2kg/m² en mujeres y hombres, respectivamente. Esta tendencia se observó durante el mismo período en las mujeres de América Latina y el Caribe, Asia Oriental y Sudoriental, Asia Central, Oriente Medio y el norte de África, así como en los hombres de Oceanía.
Por el contrario, las mujeres de África subsahariana experimentaron tendencias divergentes en el IMC entre las zonas urbanas y rurales, y la brecha entre ambas se amplió de 2,6kg/m² en 1985 a 3,2kg/m² en 2017. Algunos países del África subsahariana (por ejemplo, Níger y Burkina Faso) presentaban brechas entre zonas urbanas y rurales en el IMC mayores que cualquier otro país del mundo, en parte porque la urbanización ha precedido al crecimiento económico significativo enel África subsahariana⁵⁵.
Enlos países industrializados y de ingresos altos, las disparidades entre zonas urbanas y rurales en cuanto al IMC fueron menos pronunciadas, con un IMC persistentemente más alto en las zonas rurales desde 1985, lo que reflejala desventaja económica y social de estas últimas⁵⁸⁻⁶⁰.

En el caso de las enfermedades no transmisibles, incluida la obesidad, esto suele manifestarse en forma de estrategias de marketing empresarial, etiquetado, presión política y otras herramientas destinadas a aumentar el consumo de productos con el fin de incrementar los beneficios.
Las prácticas comerciales contribuyen de manera significativa a la carga mundial de las enfermedades no transmisibles, como la obesidad y las enfermedades cardiovasculares, ya que el 44 % de las muertes por enfermedades no transmisibles a nivel mundial están relacionadas con productos yprácticas comerciales⁶¹. Las prácticas comerciales de la industria alimentaria son especialmente perjudiciales para la prevalencia de la obesidad y las enfermedades cardiovasculares. Estas prácticas han dado lugar a entornos inundados de alimentos poco saludables que son baratos, accesibles, ultraprocesados y prácticos, pero perjudiciales para la salud de la población.
Las personas con predisposición genética a la obesidad son más susceptibles a factores ambientales adversos, como la dieta, el estrés, los niveles de actividad física y la exposición a sustancias químicas, todos los cuales pueden influir en las modificaciones epigenéticas.
Otro determinante biológico importante de la obesidad es la composición de la microbiota intestinal, que desempeña un papel clave en la digestión, la obtención de energía y el metabolismo. La microbiota intestinal contribuye al equilibrio energético regulando la producción de ácidos grasos de cadena corta (AGCC), que influyen en el almacenamiento de energía y la acumulación de grasa. Las alteraciones en la composición de la microbiota, conocidas como disbiosis intestinal, están asociadas a trastornos metabólicos, incluida la obesidad.

Una reducción moderada del peso, de entre el 5 % y el 10 %, puede dar lugar a mejoras sustanciales en los factores de riesgo cardiovasculares, como la hipertensión, la dislipidemia y la resistencia a la insulina, mientras que una mayor pérdida de peso se asocia a beneficios más pronunciados, entre ellos una menor incidencia de infarto de miocardio y accidente cerebrovascular.
Aunque los pacientes que participan en programas de pérdida de peso han logrado una reducción superior al 5 %, mantener esta pérdida de peso a largo plazo puede resultar complicado por razones multifactoriales.
La prevención de la obesidad y de las enfermedades cardiovasculares relacionadas con ella en la edad adulta debe comenzar, idealmente, durante la infancia e incluso antes. Esto incluye abordar los factores de riesgo de la obesidad infantil, como la obesidad materna, la diabetes materna, el tamaño fetal superior al esperado para la edad gestacional o la lactancia materna durante menos de seis meses, entreotros⁷⁰. La detección precoz y el cribado de la obesidad infantil deben incluir el IMC específico para cada edad y ajustado al sexo, la evaluación de la actividad física y la educación nutricional en los programas escolares. Se debe realizar un cribado a todos los adultos mediante la medición del IMC, la relación cintura-cadera, la circunferencia de la cintura, la hiperglucemia en ayunas, la prediabetes y la diabetes, así como la dificultad para respirar no relacionada con otras afecciones.
Los profesionales sanitarios desempeñan un papel fundamental en la lucha contra la obesidad para prevenir y tratar las enfermedades cardiovasculares, y deben evaluar el estado de peso de los pacientes y ayudar a poner en marcha intervenciones individualizadas y basadas en la evidencia para fomentar la pérdida de peso y mitigar el riesgo de enfermedades cardiovasculares, incluso mediante la derivación a especialistas. El tratamiento integral y a largo plazo de la obesidad implica un enfoque multidisciplinar que puede basarse en un control intensivo del estilo de vida y en el establecimiento de una atención continua con un médico de atención primaria, lo que incluye, entre otras cosas:





En adultos con un sobrepeso cada vez mayor, la cirugía mínimamente invasiva puede ser un tratamiento eficaz a largo plazo, ya que alrededor del 90 % de los pacientes logran una pérdida de peso de al menos entre el 15 % y el 40 %, así como una mejora en las afecciones relacionadas con la obesidad.
Los medicamentos para la obesidad, cuando se utilizan junto con intervenciones relacionadas con el estilo de vida, pueden resultar eficaces para potenciar la pérdida de peso y, si se utilizan de forma adecuada, para mantenerla a largoplazo72. Entre estos medicamentos se pueden incluir estimulantes, agentes que actúan sobre el sistema nervioso central y agentes que provocan malabsorción gastrointestinal.
Recently, more novel treatments known as glucagon-like peptide-1 receptor agonists (GLP-1RAs) and their analogues (originally developed to treat diabetes) are used in treatment plans. GLP-1RAs are naturally occurring incretins released by the intestine after a meal that work by delaying gastric emptying, thus acting peripherally to decrease hunger, and increase insulin sensitivity, among other effects. GLP-1RAs and their analogues are shown to treat cardiometabolic disease by improving outcomes across several areas—including weight loss, waist circumference, glucose control, dyslipidaemia, diabetes, blood pressure, and inflammation—decreasing major adverse cardiovascular events for secondary prevention73, and improving symptoms in patients with heart failure with preserved ejection fraction (HFpEF)74,75. There is growing evidence that these classes of medications benefit all organ systems through decreasing inflammation and increasing weight loss76. Tirzepatide, a dual GLP-1RA/GIP analogue, is the first medication that has been FDA approved to treat obstructive sleep apnea74.
GLP-1RAs have transformed the medical management of obesity as earlier medications provided modest weight loss (<5-10%) and had challenging side effects for patients72.
La obesidad puede complicar el diagnóstico, el manejo y el tratamiento de las enfermedades cardiovasculares.
Esto pone de relieve la importancia de adoptar un enfoque multidisciplinar para el manejo de la obesidad en las enfermedades cardiovasculares, e integrar estrategias médicas, de estilo de vida, farmacológicas y/o quirúrgicas adaptadas a las necesidades de cada paciente. Dada la elevada prevalencia de la obesidad en las poblaciones que padecen problemas cardiovasculares, las futuras guías clínicas deberían incorporar recomendaciones específicas sobre la obesidad para mejorarlos resultados de los pacientes77.
1
DIAGNÓSTICO

La presencia de un exceso de grasa (tejido adiposo) puede provocar:
2
TRATAMIENTO

La obesidad altera de forma significativa la farmacocinética y la farmacodinámica de los fármacos, lo que afecta a la forma en que estos se absorben, se distribuyen, se metabolizan y se eliminan. Por ejemplo:
Aunque los nuevos medicamentos (por ejemplo, los agonistas del receptor del GLP-1) permiten una pérdida de peso considerable, sus efectos sobre la salud mental son dispares, lo que hace necesario seguir investigando a largo plazo.
3
DIRECCIÓN

4
OTROS

En algunos casos, los tratamientos para las enfermedades cardiovasculares y otros problemas de salud pueden contribuir a la obesidad, normalmente como efecto secundario. Por ejemplo:

Además de las intervenciones centradas en el individuo, las intervenciones de salud pública desempeñan un papel fundamental a la hora de reducir la incidencia y el impacto de la obesidad ylas enfermedades cardiovasculares (ECV)¹. Entre ellas se incluyen:
Cualquier política destinada a combatir la obesidad debe abordar las desigualdades en materia de salud dando prioridad a las poblaciones desfavorecidas, que se enfrentan a mayores obstáculos para llevar una vida saludable. Esto implica garantizar el acceso a la asistencia sanitaria, orientar las intervenciones hacia las comunidades con bajos ingresos y adaptar las políticas a los contextos culturales y sociales.
ENFOQUES A NIVEL MUNICIPAL
Un enfoque municipal ofrece un marco coherente en el que diversas intervenciones en ámbitos como la salud, la planificación urbana, el transporte y la educación, entre otros, pueden crearentornos mássaludables⁸¹. Por ejemplo, las políticas de «ciudades saludables» se centran en diseñar entornos que fomenten la actividad física y el acceso a alimentos nutritivos, mientras que las iniciativas de planificación urbana —como la creación de barrios transitables a pie, la ampliación de la infraestructura ciclista y el aumento de los espacios verdes— fomentan el transporte activo y la actividad física recreativa.
NUTRICIÓN Y ALIMENTACIÓN
INTERVENCIONES RELACIONADAS
Existen varias iniciativas normativas, fiscales y basadas en programas que los gobiernos pueden poner en marcha para reducir la incidencia de la obesidad y las enfermedades cardiovasculares. Por ejemplo, muchos gobiernos han aplicado con éxito políticas fiscales sobre las bebidas azucaradas y los alimentos poco saludables, lo que desalienta su consumo al tiempo que genera ingresos públicos parala promoción de lasalud⁸⁴.
INTERVENCIONES COMPORTAMENTALES Y EDUCATIVAS
Las campañas de salud pública destinadas a cambiar los comportamientos pueden incluir campañas en los medios de comunicación para concienciar sobre la importancia de una alimentación saludable yla actividad física88,89, programas escolares para promover hábitos para toda la vida mediante la educación sobre nutrición y actividad física, e iniciativas de bienestar en el lugar de trabajo para incentivar a los empleados a adoptarestilos de vida más saludables88,90.
INTEGRACIÓN DE POLÍTICAS Y ENFOQUE MULTISECTORIAL
Para hacer frente a la obesidad y a las enfermedades cardiovasculares es necesario integrar los objetivos de salud en las políticas de distintos sectores, como el transporte, la planificación urbana, la educación y la agricultura. La colaboración multisectorial garantiza que las consideraciones sanitarias se incorporen a las políticas no relacionadas con la salud, maximizando así su impacto enla salud de la población1,84,85,91.
INTERVENCIONES EN EL SISTEMA SANITARIO
Son esenciales las intervenciones destinadas a apoyar a los sistemas sanitarios para que presten servicios de salud asequibles, accesibles y sostenibles con el fin de prevenir, tratar y gestionar la obesidad. El «Marco de la OMS para la prestación de servicios de salud destinados a la prevención y el tratamiento de la obesidad» de 2023 ofrece a los países orientación sobre cómo integrar y organizar los servicios de prevención y tratamiento de la obesidad en todo el sistema sanitario, centrándose en la aplicación de un enfoque de atención primaria, crónica e integrada.

1
PLAN DE ACCIÓN MUNDIAL PARA LA PREVENCIÓN Y EL CONTROL DE LAS ENFERMEDADES NO TRANSMISIBLES (2013-2020, PRORROGADO HASTA 2030)
Resumen: El «Plan de Acción Mundial» de la OMS ofrece una hoja de ruta para que los países elaboren y apliquen estrategias nacionales destinadas a prevenir y gestionar las enfermedades no transmisibles (ENT), incluida la obesidad, con el objetivo de reducir en un 25 % las muertes prematuras causadas por las ENT para 2025. El Plan incluye objetivos específicos y medidas clave en diversos ámbitos, centrándose en la reducción de factores de riesgo como la alimentación poco saludable, la inactividad física, el consumo de tabaco y el consumo nocivo de alcohol. El marco de seguimiento elaborado para supervisar los avances en la reducción de la carga de las enfermedades no transmisibles incluye un conjunto de indicadores vinculados a nueve objetivos voluntarios.
2
PLAN DE ACELERACIÓN PARA COMBATIR LA OBESIDAD (2022)
Resumen: El «Plan de aceleración para frenar la obesidad» de la OMS está diseñado para impulsar y respaldar medidas multisectoriales a nivel nacional basadas en políticas fundamentadas en la evidencia. Adopta un enfoque sistemático para abordar la obesidad, ayudando a los países a superar las complejidades de los retos que plantea su aplicación y a obtener resultados. Para ello, se recurre a un conjunto consolidado de recomendaciones de políticas que han demostrado ser eficaces, asequibles, adaptables y escalables, con el fin de lograr resultados positivos para las personas con obesidad.

Protección de las personas frente a la publicidad perjudicial de alimentos poco saludables.

Impuestos sobre los alimentos poco saludables y la reformulación de los productos alimenticios.

Fomento de la actividad física y la educación nutricional en los centros escolares.

Una mayor integración de la prevención y el tratamiento de la obesidad en los servicios de atención primaria, especialmente en los países de ingresos bajos y medios, donde los recursos son limitados.
3
LA ESTRATEGIA MUNDIAL SOBRE ALIMENTACIÓN, ACTIVIDAD FÍSICA Y SALUD (2024)
Resumen: La «Estrategia mundial sobre alimentación, actividad física y salud» de la OMS tiene como objetivo reducir la carga mundial de las enfermedades no transmisibles, incluidas las enfermedades cardiovasculares y la obesidad, mediante la mejora de la alimentación y el aumento de la actividad física. Esta estrategia establece objetivos y medidas claros para mitigar los factores de riesgo que contribuyen a estas enfermedades.
1
Reducir los factores de riesgo de las enfermedades no transmisibles derivados de una alimentación poco saludable y la inactividad física mediante acciones esenciales de salud pública y medidas de promoción de la salud y prevención de enfermedades.
2
Aumentar la concienciación y la comprensión generales sobre la influencia de la alimentación y la actividad física en la salud, así como sobre el impacto positivo de las intervenciones preventivas.
3
Fomentar la elaboración, el fortalecimiento y la aplicación de políticas y planes de acción a escala mundial, regional, nacional y comunitaria destinados a mejorar la alimentación y aumentar la actividad física, que sean sostenibles, integrales y cuenten con la participación activa de todos los sectores, incluidos la sociedad civil, el sector privado y los medios de comunicación.
4
Realizar un seguimiento de los datos científicos y de los factores clave que influyen en la alimentación y la actividad física; apoyar la investigación en un amplio abanico de ámbitos relevantes, incluida la evaluación de las intervenciones; y reforzar los recursos humanos necesarios en este ámbito para mejorar y mantener la salud.
4
EL PLAN DE ACCIÓN MUNDIAL DE LA OMS SOBRE LA ACTIVIDAD FÍSICA (2018-2030)
Resumen: El Plan responde a los llamamientos mundiales para adoptar medidas más enérgicas y mejorar la coordinación con el fin de invertir las tendencias de inactividad física —uno de los principales factores que contribuyen a las enfermedades no transmisibles— y establece un marco multisectorial y de ámbito sistémico para promover la actividad física a través del diseño urbano, la educación, los sistemas de salud, el transporte, el deporte y la participación comunitaria. Complementa el «Plan de Acción Mundial sobre las Enfermedades No Transmisibles 2013-2020» de la OMS.
Objetivo: Reducción relativadel 15 % en la prevalencia mundial de la inactividad física entre adultos y adolescentes para 2030, tomando como referencia el año 2016.
1
Crear sociedades activas, con el apoyo de cuatro medidas políticas destinadas a cambiar las normas y actitudes sociales hacia...
2
Crear entornos activos, con el apoyo de cinco medidas políticas destinadas a construir infraestructuras seguras y accesibles.
3
Fomentar la participación activa de las personas, con el apoyo de seis medidas políticas destinadas a ampliar el acceso a programas y oportunidades.
4
Crear sistemas activos, respaldados por cinco medidas políticas destinadas a reforzar la gobernanza, las alianzas y los sistemas de datos.
5
DÉCADA DE ACCIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS PARA LA NUTRICIÓN (2016-2025)
Resumen: La ONU puso en marcha esta iniciativa mundial para hacer frente a la malnutrición en todas sus formas, incluidas la desnutrición, las carencias de micronutrientes y la sobrealimentación, centrándose en el fomento de una alimentación saludable para mejorar la salud pública. Forma parte de la estrategia más amplia de la ONU para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
1
Sistemas alimentarios sostenibles y resilientes para una alimentación saludable.
2
Sistemas sanitarios coordinados que garanticen la cobertura universal de las medidas nutricionales esenciales.
3
Protección social y educación nutricional.
4
Comercio e inversión para mejorar la nutrición.
5
Entornos seguros y propicios para la nutrición en todas las edades.
6
Fortalecimiento de la gobernanza y la rendición de cuentas en materia de nutrición.
Aunque estas medidas no van acompañadas de objetivos concretos, sirven de orientación útil para los gobiernos que pretenden aplicar políticas y estrategias destinadas a mejorar la nutrición, lo que, a su vez, repercutirá en la prevalencia y la mortalidad por enfermedades cardiovasculares.
6
PRÓXIMAMENTE: PAQUETE TÉCNICO DE LA OMS PARA COMBATIR LA OBESIDAD
Con motivo del Día Mundial contra la Obesidad de 2025 (4 de marzo), la OMS anunció la puesta en marcha de un nuevo «Paquete técnico para frenar la obesidad» que va más allá del «Plan de aceleración para frenar la obesidad» de la OMS. Según el comunicado, «el paquete técnico ofrece un enfoque práctico y guiado de intervenciones de eficacia probada, seleccionadas por los países en función de sus propias prioridades y adaptadas al contexto local».

1
Todos los países deberían aplicar medidas de salud pública basadas en la evidencia y rentables para hacer frente a la obesidad y las enfermedades cardiovasculares, y dar prioridad a políticas integrales, integradas y centradas en la equidad, guiadas por datos nacionales sobre cómo varían los determinantes entre los distintos grupos de población. La aplicación debería basarse en marcos y herramientas globales. Entre las acciones prioritarias se incluyen planes de acción nacionales contra la obesidad con objetivos definidos, políticas multisectoriales que aborden el amplio abanico de determinantes de la obesidad y garantizar una mayor integración de la prevención y el tratamiento de la obesidad en los servicios de atención primaria.
2
Las campañas y políticas de salud pública deben contrarrestar la estigmatización de la obesidad, entre otras cosas mediante el uso de un lenguaje que anteponga a la persona, reconociendo que el estigma supone un obstáculo para hacer frente a la obesidad y a las enfermedades cardiovasculares. Esto implica reconocer los factores determinantes generales de la obesidad y aplicar medidas legislativas para combatir la discriminación hacia las personas con obesidad y sobrepeso. Para lograr los mejores resultados, en el diseño de las campañas y las iniciativas políticas debería participar la población que padece obesidad y enfermedades cardiovasculares.
1
Las guías cardiovasculares deberían incorporar recomendaciones específicas sobre la obesidad para garantizar que el tratamiento de las enfermedades cardiovasculares se adapte adecuadamente a las personas que padecen obesidad. Esto implica dotar a los profesionales sanitarios de los conocimientos, las orientaciones y las herramientas necesarias para prevenir, controlar y tratar la obesidad de forma óptima.
2
Las iniciativas de formación de los profesionales sanitarios y de fortalecimiento del sistema sanitario en materia de obesidad y enfermedades cardiovasculares deberían centrarse en promover una atención integrada y centrada en la persona y, siempre que sea posible, tener en cuenta las desigualdades en cuanto al riesgo de obesidad, su prevalencia y el acceso a la atención sanitaria.
3
Los gobiernos deberían redoblar sus esfuerzos para ampliar la disponibilidad y la asequibilidad de los medicamentos contra la obesidad, como los agonistas del receptor del GLP-1 (GLP-1RA).
4
Los gobiernos deberían redoblar sus esfuerzos para dar a conocer al público los programas especializados de modificación del estilo de vida, así como para mejorar su disponibilidad y accesibilidad, incluidos aquellos dirigidos a niños y adolescentes.
Los gobiernos, el mundo académico, el sector privado y otras entidades deben colaborar para potenciar la investigación y la recopilación de datos con el fin de mejorar la respuesta a la obesidad y a las enfermedades cardiovasculares. Las medidas necesarias incluyen, entre otras, las siguientes:
1
Aumentar la inversión y potenciar la colaboración en materia de investigación con el fin, entre otras cosas, de mejorar las recomendaciones para el manejo y el tratamiento óptimos de la obesidad en personas con enfermedades cardiovasculares.
2
Mejorar la recopilación de datos a nivel mundial y regional para disponer de información más precisa sobre los niveles y las tendencias mundiales de la obesidad y la mortalidad y morbilidad atribuibles a ella. Las estimaciones actuales se basan en modelos estadísticos complejos (véase el apéndice en línea); sin embargo, existen importantes lagunas en los datos en los que se basan dichos modelos, especialmente en determinadas zonas geográficas en las que la escasez de datos da lugar a un alto grado de incertidumbre en las estimaciones finales.
3
Abordar las limitaciones de los datos sobre los principales factores que influyen en la obesidad. Estas limitaciones obstaculizan los esfuerzos para mitigar la enfermedad —sobre todo debido a la falta de datos armonizados y comparables sobre factores como el nivel educativo, la ocupación y los ingresos— y nuestra comprensión de si la epidemia de obesidad está afectando a los distintos subgrupos de población de forma equitativa y al mismo ritmo.
4
Dar prioridad a la difusión y la aplicación de los resultados de las investigaciones que analicen los factores socioeconómicos, culturales y medioambientales locales que influyen en la obesidad, especialmente en los países de ingresos bajos y medios.
5
Dar prioridad a las investigaciones que analicen el impacto de los determinantes sociales de la salud (por ejemplo, la pobreza, el bajo nivel educativo, la precariedad de la vivienda, la urbanización, la inseguridad alimentaria y el acceso a la asistencia sanitaria) sobre la obesidad y el riesgo cardiometabólico.
6
Apoyar la formación y el desarrollo profesional de la próxima generación de investigadores y profesionales clínicos interesados en la investigación sobre la obesidad a lo largo de toda la vida.
7
Apoyar la investigación para desarrollar y evaluar estrategias sobre la eficacia de los programas de prevención de la obesidad dirigidos a la primera infancia y en el ámbito escolar, y respaldar la ampliación de dichas estrategias cuando se demuestre su eficacia en entornos específicos.
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