Su trabajo se basa en su destreza, pero se sustenta en algo más profundo. Cada paciente al que ha tratado, y cada uno de los que ha perdido, permanece en su memoria. Llevamos a cada paciente con nosotros.
La doctora Fabiola Pérez Juárez aún recuerda la primera vez que escuchó los latidos del corazón. De pie junto a su padre, que era médico, se colocó el estetoscopio en el pecho de un paciente y sintió que algo cambiaba.
«Sentí que estaba en un lugar aún mejor del mundo», afirma. A partir de ese momento, su camino quedó marcado.
Hoy, tras casi 20 años de carrera como cardióloga pediátrica en Ciudad de México, Fabiola sigue aportando ese mismo sentido de la maravilla a cada interacción con sus pacientes.Pero su trayectoria no ha sido fácil. Durante su formación, le repitieron una y otra vez que la cardiología «no era cosa de mujeres». Rodeada de profesores varones, se enfrentó a las dudas y a la resistencia. Aun así, persistió. «Era mi sueño», afirma con sencillez. «Así que seguí adelante».
En su trabajo, hay mucho en juego. Muchos de sus pacientes recorren largas distancias para recibir atención médica, enfrentándose a un sistema sanitario fragmentado en el que el acceso depende de los ingresos, la ubicación geográfica y el seguro médico.Algunas familias esperan meses, incluso un año, para someterse a una intervención quirúrgica que les salve la vida. Otras llegan demasiado tarde, tras haber recibido poca o ninguna atención prenatal. Estas realidades suponen una gran carga.
Y a veces, a pesar de todo, un niño no sobrevive.
«Recuerdo la primera vez que perdí a un paciente», dice. «Se me partió el corazón». No hay formación para ese momento. No hay ninguna guía sobre cómo soportar el dolor de las familias, ni el recuerdo de un niño que debería haber vivido. «Nadie nos enseña cómo vivir con la pérdida de un paciente».
Sin embargo, es precisamente esa profundidad de sentimientos lo que caracteriza su forma de atender a los pacientes. Fabiola no ve a los pacientes como simples casos. Los ve crecer. Los ve volver años más tarde, con sus propios hijos en brazos. «No hay dinero que pueda sustituir ese sentimiento», afirma.
Además, está contribuyendo a construir el futuro de la asistencia sanitaria en México, apoyando la transición de los pacientes hacia los programas emergentes para adultos con cardiopatías congénitas y colaborando con el Gobierno, los hospitales privados y las fundaciones para reducir las barreras. Para Fabiola, el objetivo está claro: «La asistencia sanitaria debería ser la misma para todos, independientemente de los ingresos o del lugar donde se viva».