Se negó a rendirse.
Nací en Venezuela con un corazón que no se esperaba que latiera por mucho tiempo. Una cardiopatía congénita me recibió en este mundo con silencio y miedo. Desde el principio, la vida exigió una lucha, y yo acepté, incluso recién nacida, envuelta en la incertidumbre. Mis padres se convirtieron en guerreros, negándose a rendirse a las estadísticas. Cruzaron fronteras, llamaron a puertas y encontraron los cuidados que me salvaron.
Ese milagro temprano se convirtió en la base de mi vida. Pero la supervivencia fue sólo el principio. Mi infancia estuvo marcada por operaciones, visitas médicas y preguntas sin respuesta fácil. Sabía que era diferente, pero nunca imaginé lo poderosa que llegaría a ser esa diferencia.
Pasaron los años. Mi corazón se hizo más fuerte, y yo también. Y entonces llegó el momento en que me di cuenta: No sobreviví sólo por mí. Me salvé para poder salvar a otros. Mi vida tenía que significar algo más.
Ese propósito se convirtió en la Fundación Estrellita de Belén, un salvavidas para los niños de Venezuela que nacen con la misma enfermedad que yo tuve una vez, pero sin los recursos ni los privilegios para sobrevivir. Todo empezó con el mensaje de una madre desesperada cuyo hijo necesitaba ser operado. No sobrevivió. Pero su vida encendió la llama que se convirtió en nuestra misión. Hoy, hemos ayudado a salvar innumerables vidas mediante procedimientos, medicamentos, visitas de seguimiento, análisis de laboratorio y algo aún más poderoso: la esperanza.
Con el tiempo, mi voz llegó más lejos. Empecé a abogar, no solo en hospitales y hogares, sino en escenarios nacionales, en conferencias internacionales, en reuniones con legisladores y líderes. Conté nuestras historias. Exigí que se actuara. Recordé al mundo que las cardiopatías congénitas no son sólo un problema médico, sino una cuestión de derechos humanos.
Volqué ese viaje en un libro: "Mujeres Indetenibles", donde compartí mi historia junto a otras mujeres que han convertido su dolor en propósito. Ese libro se convirtió en un símbolo: la prueba de que un corazón roto puede construir una vida imparable.
Y a lo largo de los años, mi defensa se fue ampliando. Pasé a formar parte de Global ARCH, representando a América Latina y al lado de líderes de todo el mundo. Juntos, luchamos por la concienciación global, la equidad en el tratamiento y un futuro en el que ningún niño se quede atrás simplemente por haber nacido allí. Representar a mi región y ser la voz de las familias que luchan en silencio es uno de los mayores honores de mi vida.
Miro atrás y veo no sólo supervivencia, sino transformación.
De niña frágil con un futuro incierto a mujer con una misión global...
De una vida salvada a cientos de vidas cambiadas...
De una cicatriz silenciosa a un poderoso mensaje que aún resuena: No estás solo. Merece la pena luchar por tu corazón.
Esta es mi historia. Pero lo más importante es que es el comienzo de la de otra persona.
Porque cada latido que protegemos es otro capítulo de esperanza.